sábado, 30 de agosto de 2008

Esos Magníficos Hombres y sus Máquinas Voladoras

El título de este post lo tomo prestado de una película que vi cuando era un niño, y me parece el más adecuado para describir la visita al Museo del Aire y el Espacio el Instituto Smithsoniano. En un inmenso edificio se guarda evidencia historica de esta pasión por volar que hemos sentido los hombres desde el inicio de los tiempos. También hago referencia a mi niñez, ya que al ver todos estos artefactos agrupados en el mismo lugar, vuelvo a sentirme como entonces: maravillado por el potencial que ofrece el mundo y la vida para alcanzar metas que podrían parecerles imposibles a los aburridos adultos.





El museo nos muestra la hisotria de la aviación. Desde los deslizadores de los hermanos Wright hasta modernas naves espaciales que llevan turistas fuera de la atmósfera terrestre.





Mientras caminaba por los pasillos y salones deleitandome con las máquinas e historias que estaban representadas caí en cuenta de que el espíritu que movia estos pioneros, encontraba sus mayores auspiciantes en la industria militar; así que, en un lugar que presuntamente debe honrar el espíritu y deseo de exploración de la humanidad, encontramos tambien algunos de los artefactos que más dolor han causado como el misil de crucero Tomahawk: un arma capaz de volar cientos de kilometros y acertar con una precision de centímetros -La ironía es que el nombre es tomado de un arma de los indígenas norteamericanos, que resultó obsoleta frente a las Colt de los colonos-. O la tristemente célebre V2 alemana, que a más de azotar a Londres durante la Segunda Guerra Mundial sentó las bases tecnológicas para el programa espacial que llevó al hombre a la Luna.





Pero el objeto en exhibición que más me emocionó era una réplica de la portezuela del Apolo 1, la primera gran tragedia del programa espacial estadounidense. A punto de lanzarse el primer cohete del programa lunar, se presentó un incendio en el compartimento donde estaban los astronautas, los cuales no pudieron abrir la portezuela que tenia un complejo sistema de cerraduras que tomaba 90 segundos en abrirse: nadie sobrevivió. Este hecho hizo que en el futuro se consideraran condiciones de seguridad mas exigentes en el programa y toda la industria aeroespacial.


De regreso a mi estación de metro por el Mall (ese gran parque que cruza la ciudad), pensaba en esos magnificos hombres y sus máquinas voladoras que sentaron el precedente de las innovaciones de las que disfrutamos en la actualidad. Así mismo en las consecuencias de estos desarrollos. Y bajo el cielo gris de un dia lluvioso pensé que los hombres pertenecemos a la tierra: el punto intermedio entre el cielo y el infierno, y que probablemente nuestro deseo de volar busca acercarnos mas a una divinidad que no terminamos de comprender.



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